viernes, 30 de septiembre de 2011

SE ACABÓ SEPTIEMBRE...

 ...Otoño ya está aquí, cuántos tormentos...¿dónde coño te escondes, Felicidad? Los lunes de octubre ¿dónde estarás?



 La señora de la blusa de flores se abanicaba insaciablemente mientras un niño correteaba por el pasillo impaciente, y su madre le perseguía sin éxito, provocando más ruido que él, mientras la chica con acento extranjero le preguntaba a la pareja de en frente si podía entregarles un curriculum cuando salieran de allí, porque les había oído hablar entre ellos que iban a ampliar el número de zapaterías por la zona, pero cuando todo esto se hubiera acabado. A su vez, el chico de la camisa verde intentaba localizar a su novia para explicarle lo que le había pasado y por qué no podría llegar a tiempo a la cita, pero un amigo le informaba de que ella no había salido del trabajo todavía y por eso no le cogía el teléfono, porque allí no le dejan hacer esas cosas. Mientras tanto, el señor mayor de la barba blanca se ataba los cordones de los zapatos con serias dificultades de coordinación, y yo le miraba pensando qué patético es envejecer y no saber distinguir si es mejor morir o quedarse aquí esperando a nosesabequé. Y mientras pensaba eso, la pareja de empresarios me miraba con un gesto compasivo, "tan joven y ya tiene la mirada perdida". Pero yo no tenía la mirada perdida precisamente en ese momento, estaba atenta a todo, porque era viernes y quería largarme de allí lo antes posible. Pero el médico me había enviado a esa sala de urgencias, advirtiéndome de que no dejara pasar el tiempo, porque lo que tenía parecía un accidente cerebrovascular, y estaba en peligro.

Empecé a recordar todas las veces que había deseado una muerte súbita, accidental, inmediata y sin muchos esfuerzos por mi parte, y contemplé con alivio la posibilidad de que fuera a ocurrir ahora, sin alargarlo mucho más. Me preguntaba por qué, entonces, había hecho caso a mi médico y había acudido al lugar donde más probabilidades tenía de que me "curaran". Supongo que debía ser hipocresía.
Pensé que debería estar asustada pero lo único que sentía era una sensación desagradable de incertidumbre, como si la noticia de una muerte segura me tranquilizara más que la duda.  Tampoco quería dejarle solo y no poder despedirme de él, quien me hacía abandonar, de vez en cuando, mis tendencias suicidas. Me gustaba pensar que podría venir conmigo a ese lugar, pero no, ojalá no haya más vidas después.

Me habían dilatado las pupilas y toda esa escena empezó a difuminarse, pero no desaparecieron los ruidos y la ansiedad que por la sala flotaban. En ese momento, como siempre en los peores momentos, apareció él, igual que apareció cuando se acabó septiembre y los octubres empezaron a gustarme más.

Supe que era él porque ese bulto difuminado tenía el pelo muy oscuro y la cara muy pálida, y sobre todo, porque era la persona más alta y la que mejor caminaba de las que allí había. Porque él tiene un estilo muy peculiar al caminar, como si fuera un muñeco de porcelana a punto de partirse en cuatro mil pedazos, pero sosteniéndose de manera elegante en esa frágil cuerda, como sólo podría hacerlo una bailarina de ballet. Pronto se acercó a mí y pude notar el olor y la tibieza de su piel, dos ingredientes que podrían introducir en cualquier benzodiacepina para mejorarla. Como un bálsamo noté también su voz, de la misma manera que apareció el pasado otoño y supe que iba a escucharla por lo menos una vez, al menos para despedirme. 

Pero no se despidió. Ni yo, porque descartaron el accidente cerebrovascular. Y nos hemos quedado aquí, y ahora ya no puedes escaparte, porque me conozco mejor tus escondites.

Te desearía feliz cumpleaños, feliz día 1 de octubre, feliz octubre, o incluso feliz otoño en general, pero en realidad lo que quiero que ocurra es que alguna vez seas feliz, aunque sólo sea un momento...




Agárrate de mi mano, que tengo miedo del futuro...