lunes, 28 de marzo de 2011

SORTIDA 5, VALL D'HEBRON

Cuando eres diagnosticado de una enfermedad terminal, dicen que te cambia la vida. Que te sientes tan vacío de repente que, muy paradójicamente, vives más. Que todo pierde su importancia relativa, que ignoras todas las obligaciones, y que sólo dedicas tiempo a las cosas que de verdad siempre has deseado.

A las demás personas nos cuesta más diferenciar las cosas que deseamos, nos cuesta establecer prioridades, nos cuesta apartarnos de lo que se espera de nosotros y acercarnos a lo que realmente queremos y nos importa. Y tenemos esa especie de tendencia innata a perdernos en preocupaciones absurdas que no tendrían ningún valor si fuera nuestra vida la que está en la cuerda floja, si fuera éste el último día.

Ése no fue el caso de Ana, quien a pesar de su juventud y buena salud, supo aprender a diferenciar esas cosas enseguida.

No fue mérito suyo, ella diría que fue por un aprendizaje que le regalaron.

Ana era una chica más bien caótica, siempre con demasiados sueños en la cabeza y ninguno en las manos, más bien perdida, pero acostumbrada a no buscar ningún camino. Se ponía nerviosa cuando alguien trataba de indicarle la dirección hacia una posible salida, porque en el fondo parecía gustarle ese laberinto, parecía sentirse cómoda al haber descubierto que no había solución posible y saber que era más fácil así.

Una noche, estando en su laberinto, Ana vio entrar a alguien que estaba muriendo. No muriendo en ese mismo instante, sino muriendo irremediablemente antes de tiempo.

Los médicos no sabían qué le pasaba a Vitaly, le habían hecho muchas pruebas, realizado muchos diagnósticos, y recetado muchas pastillas. Y todo lo que sabían a ciencia cierta no era diferente a lo que sabía el propio Vitaly: que se moría.

Dicen que ese día Ana abrió los ojos como hacía mucho tiempo no los abría y no pudo dormir en toda la noche. Ella siempre había sido agresiva con las personas que se acercaban a su laberinto, pero Vitaly se había colado con toda facilidad. Porque era un especialista en no tener nada que perder. Porque cuando te estás muriendo ya no te importa nada. Y ella, por algún motivo, no quería que desapareciera de ahí por nada del mundo. En contra de lo que todo el mundo pronosticaba, se enamoró.

A partir de entonces, ella decía que todo sucedió rápido a su lado, que el invierno sucedió rápido, la primavera llegó antes, y el aprendizaje se inició a toda velocidad.

Es difícil comprender qué es lo que Ana aprendió de Vitaly, pero quizá podría resumirse en que a través de la muerte, Vitaly le enseñó a Ana cuáles eran esas cosas importantes que nos cuesta diferenciar. Cuáles eran las cosas de las que ella podía prescindir, y cuáles eran las cosas que no podía dejar escapar bajo ningún concepto. Cuáles eran las cosas por las que valía la pena preocuparse y cuáles las que no. Intentó recordarle la importancia de quererse a uno mismo. Vitaly estaba muriendo y no se quería mucho a sí mismo, pero intentaba que los demás no fueran por el mismo camino.

Vitaly estaba tan débil que había abandonado prácticamente toda actividad y toda relación social. Por eso, eran pocas las cosas en las que invertía energía, pero esas cosas le importaban de verdad, y a Ana le recorría por el cuerpo una emoción positiva cuando veía cómo se le iluminaba a él la cara con una ilusión. Una ilusión en alguien sin esperanza era una ilusión muy contagiosa.

Esos momentos eran los que ella aprendía a valorar como los más importantes e imprescindibles. Porque ninguno de los dos se podía permitir el lujo de perder el tiempo, pero ella era quien iba a sobrevivir, quien iba a quedarse sin él, sabiendo lo que había aprovechado y lo que no.

Ana ya no puede hablar de Vitaly porque él ya no está, pero ella siempre decía que su sonrisa derrumbaba cualquier malestar. Y decía que siempre se abrazaban como si fuera la última vez. Y se besaban como si fuera la última vez. Porque realmente no sabían si de verdad sería la última. No había miedo por su parte, ella no se dejaba nada por decir, no se censuraba porque censurarse no tiene sentido cuando alguien se está muriendo. Puedes decirle todo lo que se te pase por la cabeza, puedes ser realmente sincero, puedes estar realmente tranquilo y puedes disfrutar mucho mejor de cualquier cosa. Un café caliente, un baño de espuma, una mariposa azul. No había espacio para otras cosas. Incluso soltando alguna lágrima, ella se sentía viva, porque tenía muchas dificultades para llorar, y agradecía de verdad esa intensa emoción que le hacía derramar lágrimas. Por ejemplo, después de una película triste.

Eso era, intensidad. Dijo Ana que los últimos días con Vitaly fueron los más intensos y los mejores. Los profesionales ya no daban nada por su vida y pasaron a cuidados paliativos. A la morfina. Sin embargo, Vitaly prefirió no morir en un hospital, siempre había odiado a los médicos tanto como dependía de ellos, y quiso, simplemente, dejarse llevar por la inercia.

Ana se resistió al principio, temía quedarse a solas con su caos. Temía no poder borrar sus preocupaciones y no poder distinguir lo que era realmente importante. Temía, por supuesto, echarle de menos. Al fin y al cabo, nunca había dejado de ser tan egoísta como siempre.

Pero en el fondo quería mostrar tanta serenidad como había recibido e invertir el tiempo en lo que había aprendido. Además, ella decía que le gustaba tanto Vitaly que tenía miedo de que al tocar algo con sus manos cambiara algo, lo más mínimo en él.

Ella siempre dijo que le dejaría marchar cuando fuera el momento, que no alargaría el sufrimiento innecesariamente, y que en lugar de intentar evitar lo inevitable, se concentraría en retener el sonido de su voz en la memoria, tanto tiempo como fuera posible.

Dicen que Vitaly el día de su muerte conservó la calma hasta el último momento. Que habló de los que siempre habían sido importantes, como su hermano. Que volvió a decir que deseaba que los demás le recordaran con una sonrisa. Y que no tenía miedo a la muerte.

Ana escuchó atentamente sus palabras, y cuando le entró el miedo a la despedida, expresó toda una colección de preocupaciones absurdas, como si no hubiera aprendido nada. Vitaly, que escuchaba siempre, le dijo a Ana algo así como “eso se llama vida”. Y entonces ella recordó que tenía que tratar de vivirla sin olvidar las cosas básicas.

No se sabe exactamente el paradero de Ana, pero dicen que se volvió completamente loca. Que cuando murió Vitaly sólo fue a su funeral para encargarse de la música. Llevó tres canciones y se gastó todo el dinero que le quedaba en un gran piano de cola, en el que tocó Für Elise con los ojos cerrados.

Después lo dejó todo atrás y se fue muy lejos, porque quería seguir recordando las cosas que realmente importaban y olvidarse de todo lo demás.

AUTOCONTROL...


Según Mischel para poder llevar las riendas de tu vida son necesarios tres ingredientes:

1. Demora de la recompensa: Capacidad para aplazar voluntariamente una gratificación inmediata (huesito de la foto)

2. Tolerancia a la frustración: Capacidad para soportar las situaciones que no son como tú quieres que sean.

3. Constancia: Capacidad para  persistir en una conducta que va encaminada  hacia una meta a largo plazo.

Me faltan los tres!

miércoles, 23 de marzo de 2011

I WILL PROCEED DIRECTLY TO THE INTRAVENOUS INJECTION OF HARD DRUGS, PLEASE



Desde hace algunas semanas, el miércoles es el día que Idmaría y yo nos disponemos a tratar a personas con tabaquismo actual que quieren dejar de fumar.


Algunos fuman 4 o 5 cigarros diarios, otros fuman más de 50 al día y todavía no me explico cómo siguen vivos. Los diagnósticos psiquiátricos que figuran en su historia también difieren mucho entre sí, y abarcan desde la persona con un trastorno de ansiedad light que fuma para relajarse mientras limpia su casa, hasta la persona con trastorno mental severo que fuma con sus amigos del centro de día y el tabaco viene a ser su último problema, teniendo en cuenta la cantidad de otras drogas que se ha metido a lo largo de su existencia, sobre todo las de la farmacia.Coincide en casi todos los casos que las personas con trastorno mental severo son las que más fuman.

Si le preguntamos a alguien quién cree que dejará de fumar antes, o mejor dicho, si me lo preguntan a mí, diré que la persona con trastorno de ansiedad light, consumidora de 4-5 cigarros diarios será quien lo dejará antes. Sin embargo, estos miércoles estamos viendo lo contrario. Son las personas más consumidoras y que peor de la cabeza están las que consiguen dejar de fumar.

Mi teoría es que cuando has conseguido dejar la heroína, o has conseguido seguir vivo a pesar de tener una química cerebral dura de soportar, dejar el tabaco te parece un juego de niños que está chupado. La teoría de Idmaría, más inteligente que la mía, es que en las personas menos consumidoras y con problemas menos graves de salud mental, existe ilusión de control.

La ilusión de control es la capacidad de los seres humanos de creer que pueden influir en algo en lo que tienen poca o ninguna influencia. Es típica en cualquier adicción, especialmente las no tóxicas, como la ludopatía. Ella me lo explica diciendo que una persona obesa es capaz de realizar una dieta de adelgazamiento más exitosamente que una persona a la que le sobren 3 o 4 kg, porque la segunda persona cree que en cualquier momento puede bajarlos. Igual que la persona poco fumadora cree que en cualquier momento puede dejar de fumar, igual que el ludópata poco enganchado cree que cualquier momento puede convertirse en la última vez que juegue. 

Aunque la realidad es otra claramente distinta.

Estas personas, las supuestamente poco enganchadas, las poco consumidoras, se inventan mil excusas y razonamientos para autoengañarse y creer que tienen el control. Idmaría, como buena exfumadora, no se sorprende ante tal cantidad de manipulación y autoengaño, pero yo, más sana que un aloe vera (en cuanto a tóxicos), claramente alucino ante tal despliegue de caballería para tapar la realidad, dura de asumir. La realidad de que estás tan enganchado como el que más y no quieres decir por nada del mundo “nunca más consumiré”, “nunca más jugaré”, “nunca más me comportaré así”, por mucho que te joda.

Y  lo entiendo, yo también soy dependiente de muchas cosas, situaciones, animales y personas. Sé lo que es engancharse, desengancharse y recaer.
Decía un paciente hoy que en las recaídas el cuerpo tiene una memoria potente, y con sólo una calada, el cerebro y su química ponen en marcha todos los mecanismos posibles para que no sea sólo una. Porque el cerebro creía que la nicotina había desaparecido de su vida y se había resignado a ello, pero de repente vuelve a tenerla circulando por allí y no quiere conformarse ni de coña. Yo tampoco me conformaría. Una vez más, la ilusión de control. Una vez más, tu análisis de la situación de riesgo brilla por su ausencia y en un exceso de confianza en ti mismo, te pones en peligro. “Uno y no más” es top ten de las mentiras universalmente conocidas, y a pesar de ello, nos la creemos, o por lo menos yo.

Si no fuera para hablar de mí otra vez, no hubiera escrito todo el rollo del tabaco, claro, porque soy una egocéntrica de mucho cuidado. Me siento identificada con lo de la memoria potente del cuerpo, y la activación de los mecanismos.  A veces vuelvo a hacer cosas que hacía tiempo no hacía, cosas que me perjudican, y que creía que habían desaparecido, que yo había cambiado, que ya no hacía esas cosas. Pero luego vuelvo a hacerlas y no puedo parar. Ilusión de control, exceso de confianza. Un ex fumador nunca será un no fumador, eso lo saben todos los ex fumadores.

Hacía años que no tenía la sensación de querer descargar mi ira contra alguien en particular. En bachillerato solía hacerlo con Cristina, una pelirroja que había hecho cosas feas. Al principio yo tenía la razón pero luego la crucifiqué y la estuve utilizando como válvula de escape, mientras ella se convertía en la buena de la película gracias a mí. 

Es curioso el proceso de crucifixión de alguien. Sabes racionalmente que es imposible que alguien sea el demonio en persona, pero te da igual, para ti ese ente es lo peor que ha creado Dios, y lo transformas en un blanco perfecto, porque estás convencido de que ese bicho satánico no merece ningún respeto por tu parte, ni arrepentimiento. Creía que eso había pasado a la historia, pero volvió a pasar de nuevo, volví a crucificar a alguien sin arrepentirme todavía de ello. Y lo peor es que quiero más.

He consumido odio y ahora no me conformo con menos. He creído que podía hacerlo un día y parar. No estoy orgullosa.

En este caso, las cosas no son tan fáciles, cuando Esther no es ninguna chica mala conocida, no ha hecho cosas tan feas como Cristina y además es apreciada por personas que me interesan, gran obstáculo éste en el proceso de satanización que necesito.

Una lástima haber vuelto otra vez a esta zona del círculo.

Espero que los de los miércoles dejen de fumar, espero crecer algún día y no comportarme como si tuviera tres años, espero mirar al suelo todas las veces que tenga que verla. 

Aunque todos, los fumadores de los miércoles y yo, sabemos que “uno y no más” es una mentira como una catedral. 


...and all the fresh air in the world 
won't make any fucking difference.

lunes, 14 de marzo de 2011

AMOR PROPIO...


Los demás siempre hacen las cosas mejor, son más guapos, más delgados y más listos que yo. Al menos, eso pienso yo. No lo digo para dar pena, lo tengo asumido y no es ningún trauma. Tener una baja autoestima no tiene por qué ser traumático, incluso tiene alguna ventaja, como que los demás pueden percibirte como una persona blanda y bondadosa, aunque seas una zorra, y tú puedes aprovecharte de ello si sabes cómo.
Pero en general, tener la autoestima baja es un problema hardcore, no tanto por su núcleo en sí, sino por los problemas derivados.

Dicen que la autoestima es como el sistema inmunológico emocional. Si lo tienes bajo, estás jodido. Así que "los problemas derivados" de la baja autoestima hacen referencia a todo lo que acabas pillando cuando tu barrera emocional brilla por su ausencia. En este estado de no vigilancia, cualquier idea externa puede entrar en tu cabeza y contaminar todos tus pensamientos. Porque la autoestima viene de dentro, no de fuera, no de la competición contra los demás, no de la comparación. Pero cuando no existe barrera, todo se acaba mezclando demasiado y tu autoestima depende de los demás, de lo que te digan y de lo que no te digan, y de la comparación y competición constante. 

Los virus más típicos que sueles pillar cuando no tienes esta barrera son: la hipersensibilidad a la crítica, el miedo, la autoculpa y el perfeccionismo rígido. Todas esas cosas agradables que se suelen dar simultáneamente y que nos hacen ser felices.

La hipersensibilidad a la crítica puede no conocer límites, por ejemplo, es posible que alguien que vive a 700Km de ti te insulte a tu espalda sin conocerte de nada y tú te pases meses dándole vueltas, porque quieres caer bien a esa persona, igual que al vecino del quinto, igual que a la viejecita del bus, igual que al resto del mundo humano y animal. Por supuesto, la hipersensibilidad a la crítica viene ligada a la hipersensibilidad al rechazo o al abandono, que sería lo mismo pero en el extremo.

El miedo es una reacción lógica en una persona que no se valora en absoluto o se valora poco. Pero en lugar de protegerte de un peligro, este miedo paraliza y te lleva a la inseguridad. No sólo inseguridad en ti mismo, también en los demás. No te fías de las palabras de nadie. Me decía Javi que yo salía corriendo cuando descubría que alguien me estaba conociendo, porque tenía miedo de que me sacara un espejo y contemplara el monstruo que creo ser.

La tendencia a creer que haces cosas que molestan y que no aportan nada, te lleva a la autoculpa. No lo puedes evitar, todo lo que pasa es culpa tuya si lo piensas detenidamente. Siempre podrías haber dicho o hecho algo que no has dicho ni hecho, y eso te jode. A las personas que son lo contrario (heteropunitivas), les vienes muy bien para cargarte de su culpa, que tú asumes (porque es una idea externa que entra sin dificultad por la falta de barrera).

En cuanto al perfeccionismo, no está claro qué fue antes, el huevo o la gallina, pero las personas con baja autoestima suelen ser perfeccionistas y viceversa.
El deseo de ser perfecto es una trampa que te lleva a evitar acciones que realizarías con bastante éxito si tu meta no fuera el éxito total, o evitar situaciones y personas de las que disfrutarías si no pensaras que tu objetivo es la ausencia total de errores. El perfeccionismo es como un inconformismo extremo con uno mismo, una fuente de frustración constante, un non-stop de chocarse contra el muro de la realidad. Pero crees que debes perseguirlo porque entonces mejorarás la imagen de ti mismo. Por eso es una trampa.

Todas estas cosas se unen y acaban formando el típico cristal del que la gente habla tanto ("depende del cristal con el que lo mires") que selecciona la información que confirma tu hipótesis de que los demás son más guapos, más listos, más delgados, y hacen mejor las cosas. Nadie puede convencerte de lo contrario, la autoestima ha de venir de dentro. Cuando encuentro a alguien con baja autoestima, para mí es lo más chocante: comprobar que la persona es impermeable a cualquier tipo de elogio, aunque aumentes el número de repeticiones hasta el infinito, aunque se lo digas por activa y por pasiva, aunque esa persona sea la más guapa y lista de todas y todo el mundo lo sepa.

Ahora debería decir cuál es el método para subir la autoestima y todo ese rollo, pero lo cierto es que los estudios no aportan nada al respecto, así que espero un milagro.

Por fin se hacía realidad, 
tanto oír hablar de tu silencio, 
dicen que te arrastra como el mar...