lunes, 28 de febrero de 2011

"CUANDO TE DAS CUENTA...

...de que no eres especial:
tienes un trastorno de personalidad, 
y todos los que creías un grupo de estúpidos estándar,
son las "personas normales".


El libro de Carlson, un manual de fisiología del comportamiento, empieza advirtiendo que el cerebro humano es tan complejo que la tarea de comprenderlo empequeñece cualquier investigación emprendida hasta ahora. No sé si iniciar con una frase así es una estrategia comercial para vender libros que hablan de neuronas, pero conmigo funciona, mi inteligencia es claramente inferior a la de un buen vendedor – publicista, lo tengo empíricamente asumido.

También es un topicazo en los libros de ciencias de primaria, decir que el ser humano siempre ha sido curioso con su entorno y consigo mismo (y tras esa frasecilla viene todo el tocho de la necesidad de saber el porqué de las cosas).

Aunque me joda, tendré que admitir que es parcialmente verdadero que cuanta más experiencia, menos errores, y que aparentemente vamos avanzando. 
Por ejemplo, en el terreno de la salud mental, no hace mucho la gente iba a la hoguera, entre otras cosas, por decir cosas raras, por ejemplo, que hay demonios que le persiguen. Ahora simplemente se les enchufa una Zyprexa o lo que precise, y se cambia la hoguera por un hospital de día, de vez en cuando. No está tan mal, teniendo en cuenta que en el hospital tienes toda una selección de amigos peculiares ya creada, no te tienes que esforzar en buscar gente poco convencional y entretenida. Y si te va más lo convencional, siempre puedes hacerte amigo de las supuestamente sanas batas blancas que circulen por allí, quién sabe. Seguro que es mejor que morir sintiendo cómo arden tus deditos de los pies.

En la calle, sin embargo, pocas personas saben lo que es la Zyprexa, y si nos enteramos de que es un antipsicótico, ponemos diferentes caras, cada uno la mejor que sepa. Porque no vamos diciendo la medicación psiquiátrica que tomamos, a diferencia de otras medicaciones.
Pero sorprende este tabú...Uno cuando se rompe un pie no sólo se pasea por la calle exhibiendo un espectacular yeso y unas aparatosas muletas, sino que además va explicando a todo el mundo el episodio “pues yo estaba bajando la escalera cuando…”. Los demás, al contemplar ese pie morado e hinchado como una pelota de fútbol, suelen mostrar comprensión, dar consejos o bien contar sus propias experiencias físicamente dolorosas, dependiendo del grado de egocentrismo. Pero no exhibimos de la misma manera los trastornos mentales, el trastorno mental no es un yeso sobre el que los adolescentes firman con rotuladores de colores. Tampoco es posible mostrarlo. Es una herida sin sangre, ni tejido claramente dañado, ni lesiones visibles o palpables. No se le explica al primero que pasa, se oculta, y se oculta porque se hace necesario ocultarlo, como si fuéramos culpables de tener una herida mental pero no de tener una rotura de pie.
Los consejos tampoco serán los mismos para uno y para otro. Cuando un depresivo lleve una semana entera en la cama, seguramente se le meterá prisa para que salga a la calle como si fuera tan fácil, y al del pie roto se le dirá que no tenga prisa en curarse, que es un proceso lento, pero si se cuida, podrá volver a caminar. Sin embargo, el tiempo de recuperación de un pie roto y de una depresión es más o menos el mismo.
En resumen, no puedes decir que tomas ibuprofeno cada ocho horas o un antipsicótico cada doce, y esperar la misma reacción.

De todas maneras, no nos gusta aparentar tanta insensibilidad, por lo menos a mí, así que algo sensibles y comprensivos sí somos (o por lo menos yo lo intento), en lo que a los trastornos mentales se refiere. Entendemos que alguien con un retraso mental puede necesitar una atención especializada y una paciencia considerable por nuestra parte, lo mismo para un esquizofrénico, un bipolar, o incluso para alguien con crisis de ansiedad de las que dan miedo. Solemos tener en cuenta estas dolencias a la hora de relacionarnos con esa persona. Quizá porque relacionamos el problema con un daño cerebral, algo que sí podemos ver y tocar.

Sin embargo, existe un grupo de trastornos que generan rechazo incluso a los especialistas, y que algunos no entienden ni quieren entender, ni siquiera los propios afectados. Son los trastornos de la personalidad (a partir de ahora TP)
Los TP se definen como un patrón inflexible de experiencia interna y de comportamiento, que puede afectar a pensamientos, emociones, relaciones sociales y control de los impulsos. Ha de causar malestar y deterioro en áreas importantes de la vida y se ha de descartar cualquier causa orgánica o efecto de tóxicos.
Por ejemplo, el TP podría ser la típica vecina histérica del quinto, que siempre quiere ser el centro de atención y va vestida con colores llamativos, le gusta provocar y le gusta liarla, le gusta llorar por todo, parece que esté loca pero tiene una inteligencia normal, un aspecto adecuado, y una mirada adecuada.
También podría ser el típico tío borde del ático, que te mira mal en el ascensor, que cuando va a las reuniones de vecinos sólo abre la boca para joder y tú piensas que es un cabrón. Pero a lo mejor tiene un trastorno de personalidad antisocial, y a lo mejor la vecina del quinto es histriónica.

Sí, pueden ser insoportables, pero tienen un trastorno mental, como el esquizofrénico o el bipolar, pero no hay una pastilla para ellos, no hay una pastilla que te libre de tu personalidad. Como no se cura, algunos psiquiatras se los quieren quitar de encima, y en cuanto encuentran una lesión cerebral mínima, rápidamente se los endosan al neurólogo. Algunos psicólogos afirman que el TP no se cura porque la persona no pone de su parte, y se quedan tan anchos.(!!!)
Por no hablar de la gente que no trabaja en salud mental, que muy humanamente suelen dar una patada mortal-kombat a cualquier TP que se les acerque, echándoles la culpa absoluta de sus acciones dañinas, por ejemplo, ser agresivos verbalmente. Javi diría que la culpa es una cosa de los cristianos y que nos dejemos de culpas y busquemos soluciones. 

Pero también dicen que no se puede vivir en un mundo sin consecuencias y que una persona que hace daño, tenga o no tenga un TP, debe tener una consecuencia a su comportamiento. Cierto. Pero las personas con TP pagan ya unas facturas muy altas: Tienen pocos o ningún amigo, no consiguen pareja estable, las demás personas les rechazan, les echan de los sitios de trabajo...y éstas son sólo las consecuencias externas, no el malestar interno que obviamente han de soportar por ser personas insoportables.

Lo más difícil, entonces, es saber dónde está la línea, cuándo está actuando la persona y cuándo es su enfermedad, o si es todo lo mismo (¿es mi monstruo o soy yo?). También es difícil esquivar los argumentos circulares: “es un psicópata porque hace daño gratuitamente y hace daño gratuitamente porque es un psicópata”, y acabar en el otro extremo, responsabilizando de todo a su etiqueta de “enfermo”, olvidándonos de que hay una persona detrás.

No soy una santa, todo lo contrario. El otro día hablaba muy mal de una persona diagnosticada de TP histriónico, y por eso decidí escribir esto, porque me doy rabia, me da rabia lo hipócrita que soy, lo hipócrita que resulta ofrecer un buen trato a las personas esquizofrénicas (por ejemplo) pero no a las personas con TP. Y siempre llego a la misma conclusión: Las limitaciones de un esquizofrénico o de una persona con retraso mental, son limitaciones que podemos cubrir, podemos abarcar, podemos solventar y podemos, por ello, recibir una recompensa, la satisfacción de “le he ayudado”, lo que alimenta nuestra autoestima. Sin embargo, las limitaciones de un TP, pueden ser, por ejemplo, que no se sabe relacionar contigo y te trata mal, o que intenta hacerte daño para llamar tu atención, o que no pide ayuda de una manera sana. Quizás al principio intentas ayudar, pero al descubrir que los resultados son lentos o invisibles, seguramente tu autoestima se frustrará y entonces prepararás la patada mortal kombat.

La buena noticia para tu autoestima es que si no te vas, puede que te des cuenta de que un TP también puede mejorar, y como terapeuta, si en lugar de darle el alta por incumplimiento de pautas, insistes, igual quizá sonríes cuando después de años sin cambios, la persona con TP te ha dicho que es feliz con algo. En los dos casos (persona incondicional y terapeuta) la autoestima se verá muy aumentada, y el ego lo agradecerá.

 



jueves, 24 de febrero de 2011

TRY AGAIN!!!


De todas las cosas que he practicado en lo que llevo en el mundo (demasiado tiempo), sólo he encontrado una única cosa en la que he sido estable, una única cosa que no me ha aburrido, ni me ha cansado: La psicología (triste pero cierto).

Me parece surrealista que alguien como yo pueda identificar una vocación dentro de sí misma, pero sí, me parece que la tengo y además la tengo clara. Estoy convencida de que el mundo es demasiado grande y la existencia humana se hace muy difícil en él. Además la vida está mal hecha, se sufre demasiado y no existen los putos milagros, ni creo que vayamos a mejor. Por si fuera poco, somos muchos pero estamos muy solos, nos puede nuestro egoísmo, que no conoce límites.

El único clavo ardiendo al que agarrarme es la creencia de que no me importa no poder cambiar el mundo, mientras pueda tener una influencia en mi entorno más directo. Es por esta creencia que identifiqué en mí esta vocación, hace muchos años, porque quería ampliar mi entorno más directo y añadir un montón de desconocidos. No me creo una salvadora, ni es por altruismo. Es el combustible de mi propia autoestima, sin más.

Puede sonar absolutamente neohippie todo lo que estoy diciendo, aunque este clavo ardiendo no es ningún campo de flores de colores. Es un clavo que no puedo perder de vista, porque es el único que tengo. En ocasiones pienso que conservarlo es lo que marca la diferencia entre estar adaptada al mundo y no estarlo.

Hoy podría haber cambiado de vida, pero no lo he hecho, no tengo una plaza PIR. Siguiendo mi dinámica habitual, ahora me frustraría, me lamentaría del fracaso, me quejaría de la cantidad de errores y el número de orden conseguido, diría que lo importante es ganar y abandonaría el objetivo porque la recompensa no me motiva lo suficiente.

Para mi sorpresa y alegría, esta vez el fracaso no ha podido conmigo, y en lugar de una derrota, sólo veo una batalla más. Y encima, como buena chaquetera, me felicito a mí misma por mi comportamiento totalmente incompatible con mi personalidad. No me puedo creer que entregase todos los papeles a tiempo (incluyendo renovación de dni y varias visitas a la universidad), que estudiara tantos libros durante tantos meses (resistiendo tentaciones) y sobre todo, que me presentara sabiendo que era para fracasar con bastante probabilidad, cuando el miedo al fracaso es uno de mis frenos más potentes. Pero darme cuenta de que esto me gusta de verdad, hasta el punto de aguantar los golpes sin rendirme, me hace sonreír aunque sea sólo hoy.

Puede parecer que acepto la realidad tal cual es, por fin, y que mi autoestima ha subido hasta tal punto que resulto repelente hacia el otro extremo, pero la verdad es que estoy bien por otros motivos. Se trata de que he cubierto el cupo de suerte este año, no me puedo quejar porque no tenga una plaza pir, porque tengo algo muchísimo mejor que eso: Tengo sentimientos. Sentimientos que no me creía capaz de tener.


"La mayoria de la gente es cobarde, se miente a sí misma y no habla
de las cosas que de verdad importan, es poco eficiente emocionalmente,
                                          y eso, sobre todo, nos sume en una inmensa soledad agotadora"

lunes, 21 de febrero de 2011

I HATE YOU, DON'T LEAVE ME

Amo a Summer. Me encanta su sonrisa, su pelo, sus rodillas. Me encanta el lunar con forma de corazón que tiene en la piel. La forma en la que a veces se moja los labios antes de hablar. Y el sonido de su risa. Me encanta mirarla cuando está dormida. Me encanta escuchar esa canción cada vez que pienso en ella.

Dicen que el ser humano es imperfecto y una de las muchas muestras de ello es su asombrosa capacidad para ser contradictorio en sí mismo y pensar y hacer simultáneamente cosas opuestas.
Pero más asombrosos son los intentos chapuceros de resistirse a ello, de negar la existencia del caos, intentando tener las cosas claras, ser coherente, tenerlo todo bajo control y mantener el orden y la disciplina. Ahí es nada. 

Festinger, que tenía mucho tiempo libre, investigó acerca de esos intentos chapuceros, y hasta elaboró una teoría llamada “teoría de la disonancia cognitiva” para explicarlos.
Según esta teoría, la existencia de dos pensamientos o dos acciones que no son coherentes entre sí, produce en la persona un estado de inconsistencia muy desagradable (caos) del que la persona intenta escapar lo más rápido posible, a veces a cualquier precio, aunque sea por atajos bastante cutres, ya que parece que los humanos sólo avanzan a través de la duda, pero a la vez, huyen de ella (otra contradicción más).

Un caso típico sería la bifurcación que producen dos alternativas. El dilema. Tenemos que decidir entre A y B. Unos seremos más rápidos y otros más lentos, pero en nuestra decisión, deberemos eliminar un camino y quedarnos con el otro. (Para los que deseamos quedarnos con todo, con lo bueno de A y B, el mundo no está hecho para nosotros).

Decidir, por tanto, siempre implicará matar un camino y olvidarnos de él (en la medida de lo posible).
Por ejemplo, debemos elegir entre comprar un móvil en El Corte Inglés o en The Phone House. En The Phone House es más barato, pero tarda 2 semanas en llegar, y en El Corte Inglés es más caro, pero lo podemos tener hoy.
Imaginemos que somos unos caprichosos impulsivos que no pueden esperar 2 semanas y acabamos comprando el móvil en El Corte Inglés. Imaginemos que en 2 semanas pasamos por The Phone House y vemos que el móvil en cuestión es muchísimo más barato de lo que nos habían dicho en un principio.
Según la teoría de la disonancia cognitiva, como nosotros ya hemos tomado una decisión, para reducir ese malestar de “yo quiero el móvil pero no me gustan las cosas caras, y lo he comprado a un precio muy caro, debería haberme esperado pero no me he esperado, y mira que no me sobra la pasta”, activaremos una serie de mecanismos que nos harán valorar más positivamente la opción elegida, en detrimento de la otra. Por ejemplo: “pero en El Corte Inglés tengo más garantía”, “pero si es tan barato seguro que es porque ese sitio no es de fiar”, etc. A partir de ahí, empieza la necesidad de justificarse e ignoraremos toda información contraria a nuestra creencia de que la decisión tomada es la mejor, y seleccionaremos sólo la información congruente. Si no hacemos esto, caeremos en el “qué hubiera pasado si”, y acabaremos bastante peor. 

Pero que no cunda el pánico, los móviles comprados en El Corte Inglés pueden devolverse y te dan tu dinero de nuevo. 

Sin embargo, la cosa se pone tensa en las relaciones interpersonales, como siempre. Aquí no hay garantía, ni manual de instrucciones, ni servicio de atención al cliente, ni devoluciones. El problema mayor, seguramente, es que a pesar de que estamos hablando de personas (mucho más complejas que un móvil, de media), nosotros seguimos aplicando los mismos mecanismos chapuceros y los mismos atajos. 

En este terreno, el ejemplo de mayor disonancia sería, seguramente, el típico “te quiero pero te odio” después de una ruptura sentimental. Vuelve a ser una bifurcación sobre la que tenemos que decidir: ¿Te quiero o te odio? 
Los que se deciden por el “te quiero” suelen acabar en centros de salud mental, donde alguien les dice que tienen que decidirse por la otra opción, porque la opción de “te quiero y no quiero perderte, aunque ya no formes parte de mi vida”, es un vínculo dañino, patológico e indicativo de rasgos desadaptativos de la personalidad. Los que se deciden por el “te odio”, supuestamente más sanos, ponen en marcha todos esos mecanismos para creer que el móvil comprado es la mejor opción. Y a partir de que hayan tomado esa decisión (o se hayan visto forzados a tomarla) sólo se fijarán en los aspectos negativos de esa persona a la que querían: “estaba ciego”, "no la quería de verdad", “en realidad era demasiado celosa”, “ no me hacía sentir bien pero no me daba cuenta”, “es que ha cambiado mucho desde que la conocí”, y mentiras del estilo. Cuanto más importante sea la persona para nosotros, mayor disonancia cognitiva y, por tanto, mayor necesidad de rebajarla, llegando al punto de lo que se dice “satanizar” a alguien, creer que quien amabas es el demonio en persona, un astuto demonio que se hizo pasar por angelito. Todo un mérito de la mente, sabernos engañar de esta manera.

El problema de las mentiras, especialmente las propias, es que tarde o temprano te acabas enterando de la verdad. La verdad es que eres capaz de amar y odiar a la vez, te guste o no te guste. La verdad es que esa persona que crees que es un demonio que te engañó, sigue siendo la misma persona de la que te enamoraste. La verdad es que es un ángel y un demonio simultáneamente, igual que tú, y eso te revienta. Esa es la verdad y por eso es incómoda y nos gusta taparla, por lo menos a mí. Pero una vez descubres cuál es la verdad, no puedes deshacerte de ella. Estás jodido cuando te das cuenta de que en realidad X no es un demonio que te engañó disfrazándose de ángel, sino que sigue siendo la misma persona que conociste y te gustó tanto, pero ahora no está en tu vida y a ti eso te repatea.Y te relaja pensar que todo lo que te gustaba de ella, en realidad era negativo para ti.

Por todo ello, disfrutad de vuestra disonancia cognitiva y de vuestras mentiras mientras podáis. 

Odio a Summer. Odio sus dientes torcidos, odio su corte de pelo de los 60, odio sus rodillas huesudas, odio su mancha con... forma de cucaracha en la piel. La forma en la que se chupa los labios antes de hablar. Y odio el sonido de su risa. ¡¡¡Odio esa canción!!!!

lunes, 14 de febrero de 2011

"SI ME DAS LO QUE PERDÍ, YO TE DARÉ LO QUE ME PIDAS..."


Después de haber escrito cosas como las de ayer, me siento mal por ser tan poco fina. Si pudiera elegir, seguro que firmaría ahora mismo por elegir un pack de vida, que incluya marido, niños, suegros, y demás familia que ves por Navidad. A lo mejor sí soy una amargada no estéril y por eso siempre me estoy quejando.

Dicen que los defectos no se confiesan, se ocultan, pero yo los voy diciendo, para lavarme las manos, me han dicho. Así me va. Uno de los defectos que me causa más problemas es que quiero caer bien a todo el mundo y claro, es bastante incompatible con las cosas que suelto. Sólo soy una señorita cuando sostengo la taza de café, con todo el cuidado del mundo de no derramar ni una gota sobre mi ropa. Aunque no es exactamente decoro, creo que se llama adicción.

Pero hoy me he propuesto portarme bien, por eso de que quiero caer bien a todo el mundo y porque a pesar de ser San Valentín, estoy muy tranquila. 

San Valentín es un día que siempre me ha irritado bastante: corazones gratuitamente por todas partes, florecitas, canciones románticas en la radio, incluso Google Nuestro Señor disfrazado amorosamente (!!!). Esta mañana hasta vi un obrero que silbaba Für Elise desde el andamio (!!!).
Y no, no me he pasado al otro bando, esta vez no he sido tan chaquetera, no me he puesto a cantar como ese obrero ni a recitar poemas bajo la ventana como un trovador. Pero he soportado dosis elevadas de cursilería por la radio, parejitas que se dedicaban canciones, y no he muerto de envidia.

Por primera vez.

Y no porque me haya curado de mi infantilismo (estaría bien), sino porque yo ahora tengo algo mejor. ¿Por qué? porque no hay muchos que puedan decir que celebran San Valentín en el psiquiatra, ni hay muchos que digan que les parece más romántico que una caja de bombones (la glotonería ya se sabe que tira mucho más que un centro médico), pero yo tengo esa suerte esta vez, la suerte de percibir cosas aversivas en sí mismas, como si fueran de color rosa.

A la persona que no me ha comprado bombones hoy, le hablé por primera vez en un hospital, entonces sólo nos unía un bocadillo de queso compartido, pero ahora me deja mirar su vida de cerca, me dice que no le molesto, y me deja darle la mano mientras estamos en el psiquiatra. No creo que haya muchas más cosas más privadas, más cotidianas, más románticas y más bonitas que ésa, así que: Morid de envidia ahora vosotr@s, dichosas parejitas que se besan en los semáforos en rojo.

domingo, 13 de febrero de 2011

ESOS LOCOS BAJITOS...



Los humanos, para no matarnos los unos a los otros, tenemos como una especie de normas sociales, leyes no escritas, que nos guían un poco en nuestro comportamiento, para predecir si seremos bien recibidos o, por el contrario, llevados a la hoguera. 

A mí me encantan las normas sociales, es que me gusta la hoguera, oye. Me gusta más de lo que quisiera. 

Dentro de esas normas sociales, existe un apartado bastante oscuro, el de las emociones obligatorias. Por ejemplo: “los niños son adorables”. Es decir, si no se te cae la baba cuando ves a un recién nacido y exclamas “¡qué preciosidad!” y ni siquiera lo finges un poquito, los demás te van a mirar raro. Como si fuera antinatural que la simple contemplación de un niño no te produjera una sonrisa. 

Lo que parece antinatural es llevar a un alien dentro de tu cuerpo durante nueve meses y que luego digas que lo más bonito de la vida es parir. Donde parir significa desgarre vaginal asegurado, entre otras cosas sangrientas que me parecen bastante alejadas de mi concepto de “bonito”.

Tiene que haber de todo en la Viña del Señor. 

También parece antinatural hacer algo porque toca, porque es obligatorio socialmente, y porque te tiene que gustar, aunque creas que no (“cuando seas madre cambiarás de opinión”). Otras veces se tienen hijos “porque la relación de pareja iba mal”, “porque me sentía sola y quería cuidar de alguien”, “porque quería darle sentido a mi vida”. Igual si esos son tus motivos para procrear, lo que necesitas no es un hijo, sino un psicólogo. 

Y sí, estoy siendo bastante repelente hablando del tema. 

Pero por si no fuera poco natural llevar un alien nueve meses dentro y decir que un engendro arrugado recién nacido es “precioso”, los niños tienen una etiqueta de “adorables” incuestionable, que se termina más o menos a los 14 o 15, o cuando te salen las tetas. Yo misma recuerdo ese cambio de fase, cuando los vecinos pasaron de ser amables conmigo porque sí, a no hablarme en el ascensor. Excepto el vecino del quinto, al que le gustaba mi nuevo cambio de look.

Por eso, porque los niños son dulces y adorables, a menudo se hacen campañas que buscan la lágrima fácil con fotos de los niños que se mueren de hambre en África. Los adultos, en público y en grupo, suelen defender a los niños y participar económicamente en este tipo de campañas. 
Sin embargo, anoche había un niño que no llegaría a los 10 años, esperando a que le dejaran pasar por un paso de peatones, haciendo gestos de indignación con los brazos, porque ningún coche quería parar y dejar pasar al adorable niño. ¿De verdad nos gustan los niños? Digo los de aquí, no los que se mueren de hambre en África. 

Algunas veces, en entornos privados y confidenciales, por ejemplo la consulta del psiquiatra, las personas no aguantan más y confiesan que se arrepienten de haber tenido hijos y que ha sido un error. Supongo que es duro reconocer un error tan grave, y de ahí que lo confiesen con cantidades industriales de lágrimas. Pero en este lugar, donde los horizontes principales son trabajar y reproducirse, reconocer un error así, para mí es digno de admirar, un signo de lucidez, entre tanta tontería. 

Y no, no soy misántropa, ni soy una amargada estéril.


martes, 8 de febrero de 2011

AMOR AL PRÓJIMO

Los humanos, a veces, tenemos tanto tiempo libre que nos dedicamos a inventar palabras de cosas que no existen. Por ejemplo, “altruismo”.
Dice la Real Academia Española que el altruismo es la diligencia en procurar el bien ajeno aún a costa del propio.
Los psicólogos, siendo poco originales y copiándose de la definición oficial, opinan que se define como altruista cualquier comportamiento que proporcione más beneficios al receptor que al que lo realiza

¿Seguro? ¿Dónde han visto eso? Si empezamos a hablar de “cantidad de beneficios”, o, en el caso de la RAE, de “costes”, ¿seguro que se trata de “altruismo”? ¿El mismo de las pelis?

Porque a mí me encaja más en la definición de intercambio comercial: Yo te ayudo porque así aumento la probabilidad de que tú me ayudes. Es más, si no me ayudas cuando lo necesite después de haberte ayudado yo, no recibirás más mi ayuda y pensaré que eres un desagradecido que has robado mi producto altruista, aunque tú curiosamente no lo habías pedido. Y no me conformaré con eso, sino que se lo contaré a los demás y seguramente disminuiré la probabilidad de que otros te ayuden, pensando que eres un egoísta y, de paso, ganando yo cierto reconocimiento social, porque he hecho algo sin recibir nada a cambio. Y así sube mi autoestima, que siempre funciona, como los zumos.

Además, ¿seguro que proporciona más beneficios al receptor que al que realiza el comportamiento? ¿Seguro que sacrificamos nuestro propio bien por el ajeno? Yo no quisiera desconfiar de la RAE ni de los psicólogos, pero al fin y al cabo son dos colectivos formados por humanos, y parece que nos gusta soñar con un mundo mejor, lleno de personas altruistas, calcetines que no se pierden y madres que no gritan. 
No, no nos gusta soñar con ese mundo, nos gusta creer que ya estamos en él, o por lo menos, que no nos falta mucho para conseguirlo. Por eso nos inventamos las etiquetas de cosas que no existen pero nos creemos que sí.

Es que soy muy optimista, me lo han dicho siempre.
Además, soy la típica que va diciendo “si yo soy realista…”.
Pero en este caso, resulta que existen estudios que demuestran el comportamiento interesado y puramente egoísta de la conducta de ayuda.

Por ejemplo, unos autores demostraron que si te apuñalan en medio de una calle llena de gente, es más fácil que nadie te ayude. Ellos atribuían este fenómeno a la “difusión de responsabilidad”, para los amigos “ya hará algo el otro”. Es decir, “no me compensa ayudar, no compensan los costes, aunque esta persona esté siendo apuñalada delante de mí y la sangre fluya por el suelo bajo mis zapatos”. 
Otro de los factores que destacaron fue el miedo a la evaluación por parte del resto de observadores. Vamos, que a ti te apuñalan por la calle y al resto de personas lo que les preocupa es “qué pensarán de mí si hago algo? pensarán que estoy metido en el ajo?” Muy altruista, sí. 

En la situación opuesta, una calle vacía donde apuñalan a alguien y sólo lo ves tú…el malestar que te produce tal responsabilidad te empujaría más a ayudar (llamar a la policía, no te creas que te vas a manchar de sangre tampoco), es decir, los costes de no ayudar (sentirse culpable) superan a los de ayudar. Liberarse de un estado emocional tan negativo como la culpa es lo que nos mueve, en este caso, a hacer algo. Totalmente altruista también, sí.

Hoy, el coche me dejó tirada de nuevo, en medio de la nada, en medio de la oscuridad y la niebla. 

(Sí, por eso he contado todo este rollo, para hablar de mí, como buena histriónica). 

Desde que llamé a la grúa hasta que vino, conté que pasaron 14 turismos, 4 taxis, 3 furgonetas y 5 camiones. Todos ellos disminuían la velocidad para mirarme, pero ninguno de ellos paró para saber si podía ayudarme en algo. Supongo que si disminuyes la velocidad cerca de mi coche se desprenden unas ondas hacia tu cabeza, gracias a las cuales me lees el pensamiento y ya sabes que no necesito ayuda. O quizá es simplemente que no existe el altruismo.

Luego ha llegado mi héroe de amarillo, en medio de la noche, para rescatarme. El gruísta. Tenía una sonrisa que no sé si ha sido comprada o era voluntaria, pero como ha sido aparentemente amable, le ha tocado escucharme durante todo el camino...hablando del rollo del altruismo. Yo pensaba que él soltaría una frase estándar del tipo "pero hay gente que da su vida por otros", o "la gente es buena", o "no todo el mundo es igual", para acabar con el tostón. Pero para mi sorpresa ha soltado toda una reflexión filosófica que me ha tumbado, acerca del egoísmo y la prisa por la recompensa inmediata. Me ha contado que cuando un coche interrumpe el paso de los demás, los otros conductores suelen enfadarse porque no pueden pasar, en lugar de hacer algo. Ha dicho que sólo se bajan del coche si es un accidente, si hay sangre. Es decir, una vez más, deshacernos del sentimiento de culpa nos empuja a levantar nuestro pesado culo del asiento y hacer algo. Muy altruista. 

Se ha producido un silencio al ser igual de pesimistas el gruísta y yo. Yo me he abrazado a la sudadera de Sergestus como si fuera una protección contra el Mal. 
La radio ha dicho "Déjame, ya no tiene sentido, es mejor que sigas tu camino, que yo el mío seguiré". Creo que era mi coche lanzándome un mensaje subliminal, pero yo me resisto a deshacerme de él.